Rodaje: improvisando

Cómo improvisar un rodaje

Desde hace años sostengo con un buen amigo mexicano una controversia en la que ninguno de los dos damos el brazo a torcer. El mantiene que lo racional es el método idóneo para todo cuanto pueda hacerse en el campo profesional, descartando por completo la intuición. Yo digo que la intuición es el centro de mando desde donde se puede activar la naturaleza real de uno. La usamos poco, ya se sabe. Al vivir rodeados de miedos, siempre buscamos protección. De todas formas no le quito la razón del todo a mi amigo. El mundo, tal como es hoy, es hostil lo cual quiere decir ambos puntos de vista tienen valor dependiendo de las circunstancias.

Al verme en New York completamente perdido y con una parte del dinero tirado, vi que no habían más que dos caminos; dejarme llevar por la lógica y tirar la toalla, o dejarme llevar por la intuición. Opté por lo segundo. ¿Y qué se hace? ¿Cómo es eso de dejarse llevar por la intuición? Bueno, en este caso digamos que lo primero es aceptar que estás muerto, con lo cual muere también toda preocupación y te dispones a empezar de cero. ¿Cómo se empieza de cero? Yo empecé por sentarme en un bar, el Gorila Coffee (97 5th Avenue, Park Slope- Brooklyn) y dejé que pasara el tiempo. Sabes que estás perdido y te quedas clavado en ese momento de paz como si fuera el último que vas a tener, acompañado de un café.

¿Y qué se consigue con esto? Aunque no siempre, diría que hay veces que las decisiones importantes surgen de un deliberado estado de idiotez. Solo a un idiota, a un borracho, o a un escritor, se le ocurre refugiarse en un bar para intentar hallar respuestas a la vida.

Y aún sabiendo eso, el cuerpo te dice: Un bar. Una vez allí pasan las horas y te vas amansando, se te va olvidando lo que fuiste a hacer allí. Y de pronto, en la tele del bar, una noticia. Un estudio reciente realizado por el instituto… no sé qué… de California, concluyó que la ciudad de Los Ángeles es la que mayor número de inmigrantes musulmanes tiene en todo el territorio americano.

¡¡Julia!! Como un rayo me vino a la mente el nombre de una alumna mía que vivía en Los Ángeles, y al instante la llamé. Todo encajó. Al día siguiente, un sábado, volé a Los Ángeles y alquilé una habitación en su casa. Me alegró mucho el encuentro lo cual dio lugar a su incorporación al proyecto, en este caso, como reportera para entrevistar a los protagonistas de cada historia.

Juntos hicimos un mapa de las mezquitas más importantes de la ciudad y…. un poco al azar, y sin saber muy bien por qué, me llamó la atención la mezquita de la calle Vermont. Tomamos datos y decidimos esperar hasta el lunes para empezar las visitas en busca de un protagonista musulmán que sustituyera al Sr. Jafit, de New York.

Al día siguiente, Domingo, estaba impaciente. Le dije a Julia que quería ensayar cómo llegar en coche a la mezquita de la calle Vermont. Alquilé un coche y, preguntando aquí y allá, llegué a la Mezquita. Consideré un primer logro el simple hecho de haber podido llegar solo.

Para mi sorpresa había gente dentro. Allí me recibió la bibliotecaria de la mezquina, una amable joven musulmana. Ella se convirtió en mi talismán. Tras comentarle mi propósito; realizar un film sobre La Familia en el Mundo Islámico, ella me facilitó nombres, teléfonos de personas importantes y me sugirió visitar sitios claves de California. Me esmeré todo lo que pude en darle las gracias, a lo que ella volvió a responder regalándome un rosario de cuentas de madera perfumado para que tuviera suerte en mi propósito. Me impresionó tanto la bondad y generosidad de aquella joven que me sentía torpe,  como si mi calidad de espíritu fuera insuficiente para responder adecuadamente a tanta bondad.

Antes de irme me asomé al gran salón de la mezquita en donde vi  por primera vez a musulmanes rezando.  En medio de la ordenada multitud destacaba un negro africano, con atuendos de colores y gorro típico islámico.

musulmanes rezando

Cuando hubo acabado el rezo, se levantó tranquilo y fue a por sus zapatos. Al cruzarse conmigo nos saludamos.

Inflado de enorme carga positiva me encaminé hacia el parking. Iba muy contento. Sentí un impulso irracional que me llevó a creer por un instante en aquello del sueño americano. Sólo en los EE.UU. se pueden conseguir cosas así en un domingo. Conseguir que en España una secretaria te coja el teléfono es un milagro.

Y ahí es donde comprendes por qué en las películas americanas sus héroes reaccionan ante los grandes acontecimientos gritando: ¡¡Wuaauuu!! Sencillamente cuando consigues cosas sientes ganas de hacerlo. Y me dispuse a lanzar mi grito victorioso cuando de pronto alguien me tocó por el hombro. Me giré y era el negro africano, que me dice: Hello friend, where are you from?

rodaje. improvisando

Y así fue como conseguí al primer protagonista de mi película. Perdón, decir “conseguí” es una petulancia. Queda mejor si digo que un cúmulo de sucesos caprichosamente ordenados, a partir de quitar mi ego de en medio, crearon eso que algunos llaman destino. A partir de aquí, ya sabía que todo iba salir bien, como así fue. El viaje a Chiapas, México, y finalmente a Barcelona, aunque no exentos de complicaciones me llenaron en todo momento de estímulo, que es todo lo contrario de las quejas que vomitamos cuando sentimos la más mínima carga.
El cliente quedó francamente contento lo que nos convirtió de paso en amigos.
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